Cementerio

Cementerio

Yo era solo un anciano olvidado por sus hijas y nietas; sus fotos y nombres me acompañaban todas las noches antes de dormir. Un anciano al que le dolían los huesos y siempre dormía con el dolor y el frío. Antes de pensar en tirarme a la cama daba la última vuelta al cementerio, apagaba las luces y cerraba con candado las rejas del lugar para que ningún sin hogar se le ocurriera entrar a un nicho a dormir. Es el trabajo que el guardián del cementerio debe hacer.

En mi trabajo diario había visto toda clase de situaciones, viudas lamentar la muerte de sus esposos y luego preguntar por la herencia. Hombres que enterraban a sus mujeres y llamaban a la amante. Jóvenes padres enterrar a sus hijos de días. Mujeres enterrar a sus madres. Dolor, envidia, sufrimiento, soledad, mentiras, todo eso había visto.

  • ¿En qué piensas anciano? –su vocecilla siempre sorprendía
  • Sí, -toca mi hombre- ¿en qué piensas?
  • Sería un loco si les digo… -finjo estar fastidiado
  • Dinos… -me exige uno
  • El día que los conocí…

Hace 158 años los vi por primera vez. Con sus ropas viejas, su piel palida y su delgadez cubierta por sus largos cabellos negros, pensé que solo eran 2 niños de la calle, pero luego los vi extender sus alas y volar sobre las tumbas. Uno con alas blancas y el otro con negras. Recuerdo el miedo y el interés que tuve en ellos, el mismo interés que me hizo seguirlos.

Ese día los gritos de dolor de una mujer se escuchaban por los pasadizos. Su hijo mayor había muerto, y ahora solo quedaba ellas y sus 3 hijos pequeños. Los gritos desesperados acompañaban la mirada perdida de los menores, pero el sonido se fue y el viento dejo de correr, se perdieron los colores, y todo de congelo, menos la señora que veía asombrada como dos niños descendieron del cielo frente a ella.

  • Anciana, ¿dejarías de llorar si tu hijo revive? –pregunto el de alas negras
  • Sí, mi dios –comenzó a secarse las lágrimas- claro que sí.
  • ¿Qué estarías dispuesta a dar? –ahora preguntaba el de alas blancas
  • ¡Mi vida! Doy mi vida por la de mi hijo… -volvió a llorar
  • ¿Segura? Tienes más hijos… -señalaron a los niños- uno pequeño incluso…
  • ¿Qué tal la vida del menor?
  • ¡No!, por piedad… no puedo. Amo a mis hijos, no puedo dar su vida…
  • ¿Y unos años? Solo necesitamos 10 años…
  • ¿Solo 10? –se volvió a secar las lágrimas- tomen los míos…
  • ¡Oh, anciana! –sonreía uno- tú no tienes tantos, pero el más pequeño sí… solo debe darle 10 años a tu hijo muerto… ¿Qué dices?

Ambos niños vieron la duda en los ojos de la señora, estaba por ceder, solo hacía falta un empujón.

  • Recuerda, tú no vivirás muchos años y los niños necesitan a su hermano mayor…
  • Tómalos… por favor.
  • ¡Perfecto!

El niño de alas negras sujeto el rostro de la mujer y beso sus labios, mientras el de alas negras abrió el cajón y beso los labios del muerto. Ambos niños comenzaron a iluminarse y sus alas se desplegaron creciendo tan alto como el último piso de los nichos.

  • ¿Ya está? –preguntó la mujer
  • Sí, anciana. Ahora vuelve a tu casa y duerman, el día de mañana tendrás a tu hijo vivo y nadie recordará su muerte o este día. Solo tú lo harás y vivirás con el recuerdo de haber intercambiado vida. Si dices algo, ambos morirán, recuérdalo.

Por alguna razón yo recordé todo lo de ese día, pero como estaba lleno de dudas fui por el registro de muertos y pude ver… algo estaba mal. Los sucesos se fueron repitiendo una y otra vez; cada vez, yo era más consiente de todo. Una noche, esas criaturas fueron a mi cuarto.

  • ¡Hola!, ¿nunca nos preguntaras quiénes somos?
  • Sé que son ciervos del diablo, sé que reviven a los muertos…
  • ¡oh, viejo! Sí que estás loco…-inquirió el de alas blancas- y mi hermano temeroso que te volviéramos loco, pero ya te nos adelantaste.
  • ¡No lo estoy! –les grité- y tengo todo registrado en mi diario
  • ¡Debemos leerlo entonces! –lo tomó de mis manos y se marcharon.

Dos noches después volvieron con el diario diciendo que lo habían leído y corregido ciertos puntos. Así supe que ambos eran ángeles; uno el dador, el otro era tomador. Daban segundas oportunidades a los justos y nobles. Llevan cientos de años haciendo esto y ningún humano los ha delatado, hasta ahora.

  • oye anciano… debes darnos un nombre
  • ¿Qué?-eso me había agarrado por sorpresa
  • Sí, -dijo el otro- todos llevan un nombre y nosotros también queremos uno
  • Bueno lo pensaré -le prometí

Esa noche me rompí la cabeza pensando los nombres, pero no es tan sencillo. Realmente nada es sencillo

  • bueno, se llamaran Alma -le dije al de alas negras- y Lof- al de alas blancas

Ambos sonrieron y estiraron sus inmensas alas, levantaron vuelo y pude ver como se perdían en el cielo.

  • Anciano debes descansar -escuche a lo lejos

Los siguientes días los vi muy poco, pero sabía que seguían reviviendo personas, el libro no cuadraba con mi diario de fallecidos. Tres o cuatro personas revivían por semana.

  • ¿Cómo estás anciano? -habían vuelto
  • No muy bien, -les confesé- Necesito que cuiden el lugar unas horas, hoy iré al hospital.
  • Te esperaremos -ambos se veían tranquilos.

Ahora sé que ellos lo sabían. El doctor creía que tenía cáncer, me mando unos exámenes, pero tu rostro me decía que tenia el tiempo contado.

  • ¿Ustedes lo sabían, no?
  • sí -ambos respondieron
  • Hace cuánto…
  • Cuatro años… mas o menos
  • Bueno, -les sonreí- me dejaron vivir tranquilo
  • Este no tiene que ser el fin- Lof se mostraba inquieto
  • Nos tienes a nosotros… lo sabes -Alma estaba igual

Lof tomo mi rostro en sus manos y me beso, y fue como si la vida ingresara a mi cuerpo, 25 años para ser exacto. Ellos habían juntado esos años para mi… por amor, según ellos.

Este hecho se repitió muchos años más, hasta que yo cumplí 321 años y mi mente me pedía descansar. Ellos me daban años, pero no juventud. Les pedí que de regalo quería dormir, dormir para siempre y mi regalo para ellos sería mi diario, ambos lo tomaron con calma y me dejaron dormir. Vivieron a mi lado hasta el final.

  • Extraño al anciano
  • Yo también, supongo que no tendremos con quién hablar
  • volvemos a ser tu y yo
  • ¡Eh! ¡niños! -una voz joven les gritaba- ¡Bajen de esa tumba! es una falta de respeto…
  • ¿Quién eres tú? -ambos preguntaron mientras caían frente al joven
  • Busco a un anciano, dicen que aquí vive el hombre más viejo… parece ser que es un antepasado mio y necesito saber dónde está.
  • ¿Qué eres de él?
  • Ya les dije, soy su tatara tatara tatara… ay mierda, ¡su nieto! ¿dónde está?
  • El anciano tiene más de 300 años, cómo sabes que eres su nieto -Lof se mostraba desconfiado
  • Soy historiador y he buscado mi árbol genealógico, y lo encontré a él. Quiero verlo, niños… díganme dónde esta.
  • ¿Qué estás dispuesto a dar para verlo? -Alma sonreía con malicia, se le había ocurrida una idea genial
  • ¿Qué? ¡No traigo dinero!
  • Tienes algo de mucho más valor… -ahora Lof se mostraba interesado
  • ¿Como qué?
  • ¡Tu juventud! -ambos rieron

No estoy seguro de cuanto tiempo dormí, pero me sentía fuerte y sano. Al abrir mis ojos, los vi. Aquellos seres maldito sonreían.

  • Cuidado al levantarte… no te tropieces con el cadáver…
  • ¿Qué cadáver?

Ambos rieron y sus risas rompieron el silencio respetuoso del cementerio.

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